Nacional

La fosa de los apestados

Javier era un chico al que todos consideraban normal, su familia, sus amigos, sus vecinos, nadie podría haber dicho lo contrario. Era educado y tranquilo en casa, siempre dispuesto a ayudar, salía todos los viernes a jugar fútbol con sus amigos o se juntaban en casa de alguno de ellos a jugar videojuegos, y sus vecinos destacaban de él que siempre sonreía, jamás se le vio triste y siempre que alguien le pidió ayuda él fue y ayudó como pudo sin pedir nada a cambio. Por lo que para todos no solo era un chico de 14 años normal, sino que era ejemplar. Nadie sabía o se imaginaba aquel secreto que desde pequeño el guardaba con recelo, podía ver cosas que nadie más veía.Podía ver el aura de los vivos, algo que había perfeccionado en secreto durante años, y podía ver los espíritus de los muertos, algo que no había logrado controlar jamás, y por lo tanto solo los veía, no tenía la capacidad de contactarse con ellos. Ya lo había intentado cuando pequeño, a los 6 años su abuela materna, su preferida, falleció, y por mucho tiempo él la vio permanecer a su lado, él trataba de hablarle pero ella parecía no oírle, simplemente se dedicaba a mirarlo con amor desde cierta distancia y él sabía que ella lo cuidaba. Cuando se lo contó a sus padres ellos le explicaron una y otra vez que su abuelita ya no estaba, que era su imaginación. Lo llevaron al psicólogo y luego al psiquiatra, lo tuvieron dopado por semanas, le costaba concentrarse y se sentía lento y adormilado, pero su abuela seguía siempre a su lado. Al final decidió que lo mejor era ocultar aquel don que nadie parecía entender, el psicólogo le dijo a sus padres que ya estaba bien y le quitaron las medicinas, de ese día en adelante no volvió a contar nada de lo que veía y ya todos lo tomaron como un chico normal.

A los 12 años su abuela se despidió de él, quizás sintió que ya no necesitaba su protección así que una noche él la vio a los pies de su cama, ella con sus ojos llenos de amor levanto su mano y le dedicó un adiós, Javier pensó entonces que quizás ella si supiera y entendiera su don, él le sonrió y sacudió su mano también en despedida, ella sonrió y se desvaneció lentamente.
A pesar de que desde ese momento Javier la extrañó mucho nunca la fue a ver al cementerio, no de desagradecido como le decía a veces su padre sino porque él ya sabía que ella, su verdadera abuela, no estaría allí. Además le daba miedo pensar en un lugar que probablemente estaría tan lleno de espíritus que él podría ver. A lo largo de su vida había visto varios espíritus y sobra decir que no todos eran cálidos y amables como el de su abuela. Sabía por ejemplo que el difunto esposo de la vecina que vivía en la esquina rondaba siempre aquella casa, y cuando algún hombre entraba comenzaba a armar barullo hasta que salía. Javier siempre lo veía después riendo de sus travesuras, el resto del tiempo parecía montar una guardia eterna sobre el tejado de la vecina. Había una pequeña niña rubia, vestida toda de blanco, ésta le daba escalofríos, él sabía quién era una pequeña que debía haber tenido como su edad ahora, murió de meningitis a los 4 años y desde entonces rondaba el parque de juegos en la plaza donde él vivía, hasta hacía unos años era para él como todos los demás espíritus que veía, pero un fin de semana la vio seguir insistentemente a un chico de unos 4 años también que paseaba con su madre, lo esperó la noche del sábado y del domingo fuera de su casa. Ése día lunes en la tarde Javier se enteró que el pequeño de la casa de enfrente tuvo un accidente esa mañana en la guardería y había fallecido, ahora se lo veía jugando junto a la otra pequeña en el parque de juegos, pero Javier no olvidaba que la chiquilla había sabido cuando iba a morir y le deba terror verla alguna vez esperándolo a él fuera de su casa.
Así eran los días de Javier, siendo un chico normal y ya acostumbrado a la presencia de algunos espíritus que por alguna razón quedaban rondando por allí, la verdad no eran tantos como podría creerse, y Javier creía que la mayoría al morir se desvanecía como su abuelita, y los pocos que quedaban lo hacían para terminar algo inconcluso, como su abuelita que lo cuidó un tiempo, o el celoso difunto de la esquina. Así fue hasta que su padre lo llamó un día a su despacho.


– Hijo, yo sé que no te gusta pero este fin de semana se cumplen 8 años de la muerte de tu abuela, nunca la has ido a ver y aunque jamás te he obligado esta vez de verdad me gustaría que fueras con nosotros.
Javier sabía en el fondo que eso significaría mucho para su padre, así que por esa vez decidió dejar de lado sus temores y prejuicios y asintió obedientemente. Un día que lo hiciera no haría daño, además los espíritus generalmente rondaban por donde vivieron, no deberían estar donde fue a parar su cuerpo ya muerto. Así que toda esa semana Javier esperó algo nervioso pero muy expectante aquella salida, la cual le causaba mucha curiosidad por qué sería lo que vería.


El viaje fue tranquilo y Javier se aguantó como pudo las ansias de llegar. No era lo que esperaba, para comenzar Javier siempre pensó que su abuela se encontraba en un cementerio parque, como en las películas, enormes extensiones de pasto verde con pequeñas lápidas. Éste era un cementerio grande y antiguo, las viejas tumbas estaban en su mayoría bien conservadas pero se notaba su antigüedad, habían algunas que descuidadas con los años presentaban grietas en sus lápidas apenas legibles. Más asombrosos le parecían los viejos mausoleos abrazados por la hiedra que crecía por sus costados, el leve hedor a agua estancada y flores muertas le molestó desde el principio y no pudo evitar imaginarse de qué se alimentaban las raíces de los añosos árboles que se alzaban por entre las tumbas. Pero todo esto no lo sorprendió tanto como el hecho de que el cementerio estaba más lleno de espíritus de lo que él se había atrevido a imaginar. Espíritus de todas las edades y sexos, capturados como eran al momento de morir, habían ancianos vestidos a la vieja usanza, niños con ropa casi victoriana, hombres vestidos de campesinos, mujeres con tenida corporativa, jóvenes de jeans y chaqueta que le recordaron a Javier a John Travolta en Grease.


No todos estaban felices, y algo en aquella concentración de espíritus debe haber gatillado algo en Javier, porque como si alguien hubiera subido de pronto el volumen a una radio, comenzó a oírlos, algunos hablaban en voz alta, otros cuchicheaban, otros gritaban, algunos lloraban y todos, todos parecían fijarse en Javier que ahora miraba a su alrededor con los ojos como platos, esto no se lo esperaba. Ahora el los veía y oía, y ellos lo sabían.


Javier caminaba tras sus padres y con sus ojos abiertos de par en par miraba a su alrededor a medida que se internaban entre filas y filas de añosos mausoleos, todos sus habitantes lo miraban con interés aunque no hacían ningún ademan de seguirlo o hablarle. El hedor del ambiente no ayudaba a calmarlo y parecía hacer el aire más pesado e irrespirable a cada paso, pero pronto supo que no era el hedor lo que lo oprimía sino algo mucho peor, tras una sorpresiva vuelta tras un mausoleo excesivamente grande se encontró de sopetón ante una enorme galería techada, parecía un edificio de dos pisos y Javier sabía que en su interior se encontraría lleno de tumbas y por ende, de espíritus. Lo peor era sin embargo aquella aura de un azul oscuro que parecía manar del edificio, la tristeza, la soledad, la desesperación eran palpables en el aire ¿Cómo su familia no podía sentir esto que él sentía?. Un pequeño grabado junto a la entrada rezaba “Hospital San Juan, Epidemia de Fiebre Amarilla 1902 – 1906”, eran los muertos en el Hospital San Juan, un hospital cercano que, según le había contado su padre, se había visto desbordado de pacientes en aquella larga y cruel epidemia de fiebre amarilla a principios del Siglo XX, un tercio de la población entonces enfermó y más del 70% de los enfermos murieron, ésta galería se hizo entonces para enviar aquí inmediatamente a los que morían, sin embargo se hizo tarde en 1905, todos los muertos antes de eso, que fueron muchos, yacen en una fosa común bajo la galería donde una enorme tapa de hierro impide que los visitantes atisben el horror que yace a sus pies, ya que de los miles que murieron en aquel período solo un par de cientos yacen con nombre y fecha en la estructura, los demás miles de muertos anónimos se secaron juntos en cal en la fosa común.


Javier quería alejarse lo más rápido posible del lugar pues sentía que algo horrible habitaba dentro de aquel edificio, sin embargo su padre insistía en que el camino más rápido a ver a su abuela no era rodeando el edificio por complicadas callejuelas, sino a través del mismo apareciendo por la otra salida justo al sector donde su abuela yacía. Ni los ruegos de Javier, ni su palidez lograron convencer a su padre de evitar el lugar y viéndose solo en la entra cuando su familia ya llevaba un buen trecho dentro, no tuvo otra alternativa más que seguirlos, ojalá no lo hubiera hecho.


Apenas Javier entró al lugar el ambiente opresivo lo envolvió disminuyendo su respiración al mínimo, un mareo lo hizo detenerse y recuperar el equilibrio, como si hubiera llevado mucho tiempo acostado y se levantara rápidamente. El lugar era de por sí oscuro, iluminado vagamente por ventanucos sucios en la parte superior de la estructura, el piso mal cuidado alguna vez fue de impecables lozas blancas, hoy constaba de un montón de lozas quebradas y sucias, con amplios sectores donde ya ni había rastros de lozas y solo se presentaba concreto desnudo. Las lápidas no se presentaban mucho mejor, las pocas que contaban con alguna flor lo hacían en pésimas condiciones, en frascos sucios y rotos se encontraban flores podridas llenas de moscas increíblemente grandes y verdes. El zumbar de las moscas le taladraba la cabeza como un martillo neumático y en un principio era lo único que detectaba, pero luego comenzó a verlos, de a poco aparecían, espectros de lo que alguna vez fue humano, éstos no tenían el tono natural de los espíritus que Javier siempre veía, incluso eran distintos a los demás espíritus del cementerio. Estos eran espectros, delgados como la muerte y de un tono gris amarillento en una piel que parecía cuero curtido. Algunos se paseaban lentamente con una especie de vómito negro saliendo de su boca, manchando su mentón, garganta y ropa. Otros parecían sangrar profusamente por oídos, nariz y boca, todos estaban tristes y sufrían, parecía que aún cargaban el dolor de sus últimas horas y se reflejaba en la imagen que daban a Javier. Lo miraban ahora con sus ojos amarillos, como suplicando ayuda, una multitud de quejidos y llantos llenaban el salón dejando a Javier clavado al piso, la tristeza y desesperación eran palpables y lo aplastaban como una aplanadora, Javier buscó con los ojos a su familia pero ya no se encontraban cerca, nadie lo ayudaría a salir.


Los espectros ya lo rodeaban, se habían acercado lentamente y lo rodeaban mirándolo inquisitivamente, Javier los miraba a los ojos y había algo más en ellos que solo curiosidad, no sabía lo que era pero le daba miedo, el espectro que tenía en frente tenía un aspecto horroroso, de sus ojos salían dos surcos de sangre reseca y de su boca el vomito rojo oscuro que antes había confundido con negro le resbalaba por el mentón y le manchaba el sudario que llevaba puesto. Ahí lo vio, sus ojos no reflejaban tristeza, ni desesperación, sus ojos amarillentos y sangrantes destilaban ira pura, ira de estar muerto mientras este chico delante rebozaba de vida. El espectro estiro su brazo descarnado tratando de agarrar a Javier pero su mano lo atravesó por el hombro izquierdo, no lo pudo agarrar, pero Javier sintió como si un puñal más helado que el mismo hielo lo atravesara de lado a lado. El espectro abrió su boca de par en par dejando al descubierto lo que le quedaba de dentadura, unos seis dientes negros por el vomito y una lengua azulada que se movía de un lado a otro como si fuera a arrancarse a sí misma de la garganta, entonces el más impuro alarido jamás salido de una garganta humana ni de ningún ser vivo hirió el aire del camposanto, y como un conjuro roto Javier fue capaz de mover sus pies y sin pensarlo corrió lo más que pudo sintiendo como a su espalda la multitud de espectros respondían al primer alarido con un horrendo concierto de gritos.
Javier nunca supo que cuando las almas de los que sufren una muerte violenta o agonizante se juntan en grandes cantidades como ocurrió en esta galería, el sentimiento negativo de cada una de ellas se va concentrando en el lugar y al cabo de un tiempo la delgada tela que separa nuestro mundo de el mundo de los muertos comienza a rasgarse. Eso sucedió en aquel cementerio perdido, y bajo la tapa de hierro un pequeño portal entre los dos mundos comenzó a agrandarse con el tiempo, permitiendo que oscuros espíritus se colaran desde el otro lado corrompiendo con el tiempo las almas sufrientes que no encontraban descanso aún. Al entrar a la galería pisó sin darse cuenta la tapa de metal, y lo que fuere que había traspasado los umbrales despertó al sentir la energía especial de Javier.
Su padre al extrañarlo volvió sobre sus pasos y lo encontró tendido en el suelo con los ojos fijos en el infinito, sin habla y con fuertes temblores por todo el cuerpo. Ya nunca fue el de antes, languideció con el tiempo y tras un par de años dejó de existir. Lo que nunca supieron es que ya estaba muerto, el alma de Javier se perdió aquel día entre los espectros y cruzó el umbral hacia el otro mundo mucho antes de que la cascara vacía de su cuerpo dejara de funcionar.

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