Nacional

En una habitación gris

A Agostina le costaba concentrar la mirada en la computadora. Ya hacia al menos 4 horas que había empezado el trabajo de ciencias y no lo podía terminar. Era muy difícil y además sus compañeros de grupo se habían rehusado a trabajar con ella: así que encima de todo ese esfuerzo que hacía, la nota sería también para los que no hicieron nada.
Indignada, decidió tomarse un descanso, los ojos le estaban empezando a llorar. Era extraño, pues había pasado más horas cerca de ese aparato en otras ocasiones, y no le pasaba nada.
« Son los nervios» Se dijo a si misma mientras caminaba hacia la cocina.
Más tarde que pronto, se dio cuenta que había llegado la hora de dormir… sin embargo… despertó.
Despertó gritando. Le dolía mucho los ojos y le costaba ver. No se acordaba de casi nada de lo que había ocurrido aquella noche, aquel mundo en el que ella estaba en su casa trabajando, no había sido más que un sueño.
Nunca había salido de allí, y lo peor es que no sabía como había llegado.
Estaba en una habitación con pisos de madera desgastados y bañados en vidrios rotos. Las ventanas –De las cuales se filtraban rayos de luz potentes que iluminaban la habitación- estaban cubiertas por unos tablones de madera los cuales parecían arañados y el empapelado gris de las paredes estaba arrancado de cuajo mostrando la humedad retenida con el paso del tiempo.
Agostina no sentía los dedos de los pies, en aquel lugar hacia mucho frio y no sabía hacia cuanto tiempo estaba allí. Su instinto fue ponerse en posición fetal para tratar de hacer el mayor calor posible y tratar de recordar el porqué yacía allí. Sin embargo noto que sus manos estaban llenas de carbón, y su vestido blanco parecía casi todo quemado.
No tenía ni idea de cómo había llegado a ese estado. Tenía miedo. Mucho miedo. Y quería salir de allí.
Apretó sus ojos con fuerza y trato de recordar, sin embargo lo último que recordaba era estar con David caminando por el parque y disfrutando de la brisa primaveral por primera vez en su vida, de manera alegre, las risas de los niños, el ruido de los pájaros, los perros ladrar… había disfrutado de aquel momento como si fuera un sueño imposible.
Volvió a abrir los ojos y miro a su alrededor, si no podía recordar respuestas: tendría que encontrarlas por sus propios medios.
En aquel lugar había ocurrido algo malo, de eso estaba segura. Trato de ponerse de pie, pero además de que sus rodillas temblaban y le dolían, la madera rechinaba mucho y algo dentro de ella le decía que evitara hacer ruido. Sabía que cuando uno quiere ayuda, tiene que pedirla, que esta no va a venir sola, pero en aquel lugar por más que gritara no la iba a encontrar.
Se dedico a mirar con mejor atención aquella habitación: quizás de esta manera si recordaría algo. El tono gris de empapelado arrancado daba le daba una sensación de tristeza y angustia, y el negro ébano de la humedad que había sobre la pared le recordó al carbón.
Una imagen borrosa vino a su mente: Ella y alguien más habían estado revolviendo desesperadamente una bolsa de carbón buscando algo… ¿Pero que?
Un escalofrió le recorrió la espalda, y viendo que observar la habitación le estaba trayendo recuerdos, decidió seguir concentrándose en aquella tarea.
Pronto se dio cuenta que algo allí que algo no cuadraba: no encontraba la puerta, sin embargo no tardo en darse cuenta que en aquello donde estaba apoyada: era lo que buscaba. Cuando volteo la miraba sintió que el corazón se le detuvo, el cuerpo se le volvió frio y comenzó a sentir un cosquilleo en la espalda por un escalofrió constante que le dio al darse cuenta de una cosa: La puerta estaba trabada con maderas y clavos oxidados, que al concentrarse mejor el olor a metal le estaba empezando a asfixiar.
Toda salida posible estaba cerrada… y desde adentro.
¿Había sido ella la que cello las salidas? ¿Había algo más en esa habitación y no lo sabía? Agostina empezó a sentirse horrorizada y paralizada. Por más que era la primera vez en su vida que sentía tanto miedo, aquella avalancha de emociones le parecía familiar. Le parecían un deja vu constante.
Algo en su interior, comenzó a decirle que ella había sido la que había cerrado todo, la que había decidido ocultarse. Y sabia que ese “algo” tenía razón, porque desde un principio también le había dicho que no hiciera ruido… algo estaba pasando y no lo podía recordar.
Un chiflido en la ventana llamo su atención y le dio taquicardia, pero al posar la mirada: se dio cuenta que era viento… un viento glaciar y seco, que había hecho que todas las maderas y trozos de vidrio en el suelo temblaran.
La joven de cabellos negros, estaba empezando a entrar en pánico, tenía que a toda costa recordar que era lo que ocurría allí. Pero fue aquel viento, que le hizo darse cuenta de una cosa más: No había escuchado ningún otro ruido más que ese.
No había ruido de autos, ruido de pájaros… ningún ruido. Era como si la habitación en donde ella estaba, estuviera bajo la tierra, o totalmente sellada.
La única solución que podía encontrar hasta ahora era solo una: quedarse en donde estaba, no hacer ruido y tratar de recordar como llego allí, y a que se enfrentaba.
Las lágrimas de sus ojos caían silenciosamente, y lo único que le venía a su mente cuando alguna que otra imagen borrosa aparecía, era la desesperación. Algo la seguía, algo la buscaba, algo la olía… ¿Pero que?
Pronto empezó a preocuparse, todo ese conjunto de emociones que estaba teniendo le había imposibilitado pensar claramente. Con la última persona que había estado era con David, y ahora él no estaba ¿Qué había ocurrido con él?
« David es inteligente, el es listo, el debe estar a salvo» se trato de tranquilizar a sí misma.
Trato de no pensar en la posibilidad que había muerto o que había pasado algo, quizás la estaba buscando o quizás había escapado por ayuda y era ese el motivo el cual ella estaba “escondida”. Si no recordaba nada, no podía sacar conclusiones.
La suciedad del carbón en sus manos le estaba haciendo picar y le impedía limpiarse las lágrimas de la cara, así que con los restos de vestido blanco que llevaba puesto trato de limpiárselas.
Cerró los ojos y trato de pensar lo más posible en ese borroso recuerdo cuando revolvía carbón… sus manos se chocaban con otras, pero no eran las de David. Estaba agitada y ya tenía parte del vestido quemado. Gotas de sudor caían de su frente y muchos gritos y pedidos de ayuda la ensordecían. Levanta la mirada, una chica rubia de ojos marrón tierra, la miraba fijamente mientras lloraba. Con sus labios gruesos y secos dice algo… pero no entiende que. La imagen es demasiado borrosa como para distinguirla mucho más, pero sabe que su compañera tiene una camisa celeste. De repente: abre su boca u con todas sus fuerzas grita.
Agitada por los recuerdos abre sus ojos abruptamente, esto, acompañado con que algo u alguien le pega un golpe muy fuerte a la puerta.
La joven se tapa la boca para no gritar, no tiene que hacer ruido, sabe que se enfrenta a algo muy horrible. Algo que va a acabar con ella. Aunque hace mucho frio, el sudor le cae de la frente, las piernas le tiemblan y su corazón se acelera al punto que cree que explotara. Eso espera, porque si la cara de horror de la rubia ante lo que se enfrentaban era tan horrible… prefería morir así.
Se abrazo a sí misma para tranquilizarse y dejar de temblar, cerró los ojos imaginando que era David. Que su hermano estaba allí para protegerle tal como le había prometido, que no dejaría que nada le pasara. Que nunca más se iría y la abandonaría como hizo antes.
Un sonido seco y extraño comenzó a sentirse del otro lado de una de las dos ventanas que estaba frente a ella. No podía ver que era ya que las maderas cubrían la mayor parte de la misma. El sonido era como si alguien estuviera rascando con sus uñas, sin embargo, no como si fuera con desesperación, si no como si lo hiciera lentamente, solo para intimar, para avisar que estaba allí.
El horror absoluto, fue cuando Agostina, vio que caía un clavo de una de las maderas que cubrían la ventana. El mismo, cayó sobre los vidrios rotos e hizo el mismo ruido que el de las copas cuando la gente con emoción, brinda en año nuevo. La diferencia era que ahora no había nadie feliz, el sonido que le había estado torturando, había dejado de hacerse.
La taquicardia y el temblor de todas las extremidades de su cuerpo se estaban haciendo insoportables. Su rostro, que alguna vez había sido blanco y liso como la porcelana, se estaba volviendo rojo y arrugado por el esfuerzo sobrehumano que hacía para no llorar y gritar. Su horror volvió a aparecer cuando entendió que fuera lo que fuera que había afuera: no había estado rascando la madera… había estado sacando el clavo desde el otro lado de la ventana.
El silencio absoluto volvió a reinar, Agostina, en un acto de valor decidió que era hora de espiar por la ventana. Sus ojos todavía ardían, y su cuerpo no estaba en condiciones óptimas para ponerse de pie, sin embargo tenía planeado arrastrarse hasta allí sin hacer el mayor ruido posible. Quizás si veía algo, recordaba todo. En ese momento era fundamental recordar aunque sea a que le tenía que tener miedo.
Con cuidado apoyo las rodillas sobre el suelo lleno de vidrios, sabía que era muy probable que se lastimara… incluso estaba sintiendo las astillas clavarse por su piel, pero no había otra manera. Tenía que hacerlo. Apoyo sus manos con cuidado, y suavemente trato de moverse hasta la ventana, cuando llego a mitad de camino sintió un soplido en la nuca, como si algo estuviera justo en ese momento detrás de ella.
Esta vez, la joven, se paralizo por completo. Sentía que alguien o algo estaba detrás de ella. La taquicardia se intensifico y sus codos y rodillas estaban temblando y amenazando con fallarles y hacer que se desplomara cara contra el piso. Pero su pavor la mantenía inmóvil en aquella posición, ya incluso, aguantando sobrehumanamente todos los dolores que estaba pareciendo solo sabe dios porque.
-No lo hagas- dijo a sus espaldas una voz muy baja y en un sonido gutural grave.
Agostina, llegando al límite de sus fuerzas y miedos, se dejo caer sobre el suelo perdiendo el conocimiento.
El piso temblaba. Temblaba mucho…
Despertó de repente en la oscuridad absoluta. Trato de mover sus extremidades, pero el dolor de los vidrios clavados en su carne le obligaron a quedarse quieta. Por la textura del piso y el olor a humedad y metal oxidado que había en el aire, pudo saber que estaba en el mismo lugar, solo que la luz de las ventanas se había ido. Quizás ya era de noche.
El sentido más importante que tenia se había apagado. Ya no podía ver nada y el silencio del lugar estaba de nuevo vigente. No había mucho que se pudiera hacer, solo esperar. Esperar a morir, esperar a ser rescatada, esperar que vuelva la luz… solo esperar.
Aquello que le había hablado, no estaba segura si estaba o no estaba, sin embargo no le importaba nada. No había salida.
La boca ya se le estaba empezando a secar, y sintió por fin, una sensación familiar: la sed. La sed podía matarla, pero ella estaba feliz de sentir algo familiar. De sentir algo que no fuera miedo, taquicardia, pánico ni dolor.
El piso empezó a temblar, y esta vez Agostina no se privo de llorar, porque la razón la cual el suelo temblaba era porque a golpes estaban tratando de abrir la puerta. Sea lo que sea que había del otro lado, la había encontrado. Apretó los ojos con fuerza y empezó a recordar su vida. Quería aferrarse a los buenos recuerdos, a la felicidad, al amor y al dolor. Parecía inevitable pensar en esta última, más que nada porque eso estaba teniendo de sobra, pero cuando su hermano se escapo de la casa. Sintió mucho dolor, creía que nunca mas volvería a verlo, la felicidad y la alegría que sintió en el parque cuando se reencontraron, era una de las mejores cosas que le había pasado últimamente.
Ahora, tenía el presentimiento que iba a morir, y que todo iba a acabar. Que ella dejaría de existir y que solo sería un recuerdo para su familia. Que todo acabaría, y que era muy probable que no hubiera nada después de la muerte.
Con una fuerza sobrehumana se puso de pie, aun haciendo mucho ruido no le importaba, sea lo que sea que había del otro lado tratando de abrir la puerta sabia que ella estaba allí. Agostina empezó a pasear sus manos sobre el piso y por fin encontró lo que buscaba: algo de vidrio con lo que pudiera defenderse. No importaba si moriría… lo haría luchando.
Paso lo inevitable, el ruido de la puerta caer sobre los restos de vidrio hizo que por un momento se detuviera el tiempo. La luz que salió cegó por unos segundos a la joven, la cual le costó varios segundos recomponerse. Pero al ver a lo que se le enfrentaba, le hizo sentir el mayor temor que un humano pudiera experimentar.
Parado sobre la puerta, yacía el, con sus ojos amarillos mirando con deseo a su víctima, con el pelo engrasado y rubio cayendo sobre su cara. Tenía las manos en carne viva, al igual que parte de su muslo y estomago, porque le habían tratado de quemar vivo, sin embargo eso no lo había detenido. Alzo su nariz para olfatear el miedo…
Agostina apretó los ojos. Todos los recuerdos de aquella noche, volvieron a su mente. El lobo solo se convertía a la noche, y había sido un error no haber escapado durante el día… ahora moriría en manos de su hermano.
Toda lastimada, e intentando ignorar las garras que salían de las manos de aquel ser, tomo otro pedazo de vidrio y se posiciono para atacar.
– Es hora- susurro.

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