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El albañil de las monedas de oro

No trabajaba ni festivos, ni Domingos, ni el San Sábado. Por ello este albañil sufría grandes penurias económicas.

Un buen día apareció un sacerdote, que conmovido por su religiosidad decidió darle un curioso trabajo. Le vendó los ojos y se lo llevó a su casa una buena noche. Lo llevó a un patio árabe, y le dijo que hiciese un agujero bajo la fuente y lo enladrillase.

Así cuando estaba cerca de acabarlo, llegó el sacerdote y le dio una moneda de oro, le volvió a vendar los ojos y lo llevó a casa. Le dijo que vendría a buscarlo al día siguiente. El albañil aceptó, pues era un buen sueldo.

A la noche siguiente volvió a llevarlo vendado y terminó el trabajo. Antes de irse le dijo que allí metería muertos, pero no se trataba de cadáveres, sino que eran unas tinajas llenas de monedas de oro. Le dio dos al albañil, le vendó los ojos y se lo llevó a un sitio apartado y le pidió al albañil que no se desvendase hasta las primeras campanadas de la mañana (a maitines).

El buen albañil así lo hizo, y fue contento a casa con sus dos monedas de oro. Durante quince días vivió bien, pero volvería la penuria a su casa.

Años después llegó un rico hombre de la ciudad y le propuso arreglar una casa suya para alquilarla. El hombre le comentó que ahí vivía antes un cura avaro que le debía varios años de renta, pero ahora
había muerto aunque su espíritu seguía en ese lugar por eso todo el que pasaba por la casa después decía oír a alguien contando monedas (era el fantasma del sacerdote).

El dueño de la casa le enseñó todos los rincones al albañil y cual fue su sorpresa al contemplar el patio árabe donde había trabajado dos noches. Le pidió al dueño si podría habitar la casa y la arreglaría gratis mientras no encontrase otro inquilino.

El albañil humilde se fue enriqueciendo poco a poco ante los atónitos ojos de sus vecinos. No le contó el secreto a nadie salvo a su hijo al morir.

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