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Bad Moon Rising (3ra Parte)

“Por qué no me hicieron caso?” se preguntaba Evey mientras sujetaba su cabeza con las manos, “Por algo les dije que no salieran de este círculo”. “Pero amor, qué debemos hacer? Esperar? Si algo está detrás de nosotros, dentro o fuera de este sitio nos atrapará igual” le dijo Cristian, “La verdad no sé qué hacer, nunca me había enfrentado a una de estas experiencias tan vívidamente”. Los matorrales se movían de vez en cuando se movían a pesar de no haber viento.Evey empezaba a sentir miedo, pero no por sí misma, si no que por sus amigo. Pensó que era ridículo tener hambre en aquella situación, seguramente a otra persona el miedo le quitaría el apetito, pero para Evey, no era el primer hecho paranormal. Pensó en sus 3 hijos, quizás estarían bien con su madre si es que sucediera algo desafortunado, pensó que quizás podría haberse despedido de una forma más emotiva, que podría haberlos aprovechado más, jugar más con ellos, pensó quizás que aquella despedida sería la última vez que los vería. Su estomago gruñía, y recordó que habían preparado una canasta con comida para el viaje. Podría quedar algo. “Qué haces?” Preguntó Cristian sorprendido al ver que se dirigía al auto y sacaba la canasta, “No me interesa en la situación que esté, solo sé que prefiero enfrentar esto con todas mis fuerzas, y para eso necesito energías”, dijo sin disculparse. Dentro de la canasta quedaban unos huevos cocidos, sándwiches, unos restos de jamón y… Claro!, esa era la respuesta, sal. Lo recordó, en todos los libros que había leído, y en todos los mitos escuchados, la sal era un elemento fundamental de protección frente a malas energías. Tomó el pequeño frasco de sal preguntándose si sería suficiente, y entonces, la radio del auto se puso en marcha nuevamente, tocando nuevamente “bad moon rising”. El alto volumen de la canción hizo sobresaltar a los novios a causa de la sorpresa, mientras notaban como el aire se ponía más denso en aquel sector. Sentían como la presión del aire invadía sus cuerpos, la canción se re alentó tomando un tono siniestro, la tierra se empezó a mover y la luna iluminó todo con más intensidad de un tono sangre. Apenas arrastrándose, Evey le entregó la sal a Cristian en sus manos y entre el sonido del terremoto y la canción sonando, logró emitir “Salgamos de aquí rápido”, “Pero no habías dicho que es más peligroso fuera?”, “La sal nos protegerá” respondió esta a Cristian. Ambos se internaron dentro de la cosecha, en dirección hacia la carretera. Al cabo de 10 pasos estaban fuera. Habían llegado a la carretera.

El camino estaba tranquilo, y la luna tenía un color blanco resplandeciente que iluminaba toda la noche. Se escuchaban los grillos e insectos nocturnos rondando alrededor, se podía ver la abolladura en la protección de la berma por donde había colisionado el automóvil, pero no así se distinguían o escuchaban sus amigos, por ninguna parte. Evey y Cristian recorrieron el borde del camino gritando los nombres de todos pero sin escuchar respuesta y sin ver vehículo alguno viniendo en su auxilio. Pronto se darían cuenta de que ellos jamás salieron.
Tras ellos se escuchaba movimiento, miraron de donde provenía el sonido, viendo por la siembra como se agitaban las ramas de la plantación. “Quien anda ahí?” , gritó Cristian. Una cabeza apenas se asomó, dejando ver entre los matorrales a Samuel intentando salir de la cosecha. “Ayudenme…” Emitió entre alaridos, antes de ser arrastrado hacia dentro por algo que los chicos no pudieron ver, y entonces un grito desgarrador rompió el silencio de la noche. “Algo tiene a Samuel”, dijo Cristian avanzando con desesperación, “Qué haces?, Ni pienses entrar, no ahora, somos solo dos” Dijo Evey con lágrimas entre los ojos, “Y quieres que me quede sin hacer nada?, de ninguna manera” y diciendo esto se internó en la plantación nuevamente. “¡CRISTIAAAAANNNNN!” gritó Evey con todas sus fuerzas presa de la desesperación, y se internó sin pensarlo dos veces. Una vez dado 10 pasos se encontró nuevamente en el sector donde había caído el carro, todo estaba en silencio, “Cristian, donde estás?, Por favor sal luego” empezó a llamar una y otra vez sin escuchar respuesta. Se fue al otro extremo del claro y atravesó la siembra para buscar a su novio, pero, para su sorpresa, al dar dos pasos dentro, nuevamente salía al claro donde se encontraba el automóvil accidentado. Extrañada y aterrada volvió a salir por donde entró, y nuevamente estaba dentro del claro entrando esta vez por el otro extremo. Sobresaltada y frenética volvió a salir por otro sector, para entrar de nuevo por un nuevo lugar. Llorando y postrada en el suelo se sintió desolada e impotente, entonces, la canción Bad Moon Rising volvió a sonar por la radio, calando con su sonata cada uno de los huesos de Evey, quien por su parte soltó un grito desesperado y desgarrador.
Al poco andar, Cristian se encontró en medio de un claro, pero este no tenía un auto en medio como él recordaba, si no que en vez de eso tenía un espantapájaros con cabeza de calabaza con una cara dibujada, y este colgaba de un poste. Encima de este, en su hombro, se encontraba colgando un pedazo de lo que parecía una masa extraña. Presa de la curiosidad caminó acercándose y tomo aquella masa. En un primer minuto no supo lo que era, pero luego voltear aquel objeto un par de veces cayó en cuenta que era piel, piel humana, y pertenecía a uno de sus amigos. Samuel. Soltó con espanto y asqueado el trozo de piel y una idea aterradora cruzó por su mente, transitando por su cuerpo y paralizando cada terminal nerviosa. Samuel quizás ya estaba muerto hace un buen tiempo, entonces el no pudo haber ido al borde de la cosecha a buscar ayuda, y lo único que habían visto los dos fue su cara, entonces era alguien vistiendo su piel, lo que significaba que esto era una trampa…
Levantó su mirada con sus ojos sobresalientes a causa del miedo. El espantapájaros le sonrió y empezó a bajar lentamente del poste. Cristian soltó un grito y se alejó frenéticamente, tropezando y cayendo de bruces. Intentó incorporarse, al ver que el espantapájaros lo seguí a su espalda, sentándose de frente, cuando entonces, por los costados sobresalieron dos hombrecillos pequeños que lo observaron fijamente, el muchacho sintió como unas cuerdas invisibles lo ataban neutralizando casi todos sus movimientos, Miró al espantapájaros con estupefacción, el cual llevó uno de sus brazos a su espalda, de la cual sacó un grueso cuchillo, que destellaba el reflejo escarlata de la luna. Acarició lentamente con el filo del metal la cara de Cristian, que temblaba y sudaba helado al borde de la histeria. Entonces el espantapájaros se levantó, alzó el cuchillo en lo alto, y Cristian se quedó petrificado al ver lo que sucedió. El espantapájaros clavó una y otra vez el cuchillo en su propia cabeza de calabaza, trozándola en diferentes partes, mientras los hombrecitos a los costados reían a carcajadas. Cristian no entendía y seguía viendo a ese ser partirse la cabeza con el trozo de metal. Los pedazos cayeron lentamente, dejando ver una imagen que Cristian reconoció casi enseguida, soltando un grito de espanto. Era su cara, su propia cara la que sobresalía del cuerpo de aquel espantapájaros, pero a diferencia de la suya, esta tenía unos cuantos cortes profundos a causa de los cortes con frenesí auto infligidos, y sus ojos se componían del iris negro, las pupilas blancas, todo rodeado de contorno negro. “Que eres?” preguntó el aterrado muchacho, “Un ejemplo” dijo aquella criatura con voz grave y tétrica, “Qué quieres decir con eso?” dijo Cristian sin entender nada, “Todo lo que me haga a mí mismo, te lo haremos a ti después”, respondió con aquella voz tétrica, “Por qué nos hacen esto?”, “Por que queremos divertirnos”. De improvisto, el espantapájaros alzo el cuchillo a la altura de su cara, y empezó a cortar pedazo por pedazo trozos de su cara, piel y músculos por igual, mientras reía desquiciadamente, Cristian gritaba que parara, le suplicó que se detuviera, pero solo consiguió que aquel ser se cortara con más rapidez.
Al cabo de unos minutos ya no quedaba rostro y sólo era huesos, Cristian se sacudía intentando zafarse de aquella prisión invisible, apenas moviendo sus manos. La calavera parlante que antes tenía su cara dijo entre carcajadas “Ahora es tu turno”. Entonces, Cristian, recordó la sal en su bolsillo, se retorció como pudo, zafándose la muñeca y aguantando el dolor, para sacar la sal y soltar un poco en el suelo, lo que hizo retroceder a la calavera y sorprender a los hombrecitos a los costados, la calavera soltó el cuchillo, y los duendes retrocedieron, y así, rápidamente al notar que estaba libre, destapó el salero formando un circulo con la sal de este. Los hombrecillos profirieron diferentes insultos y palabras que parecían insultos en un idioma extraño. Cristian sonrió nerviosamente, la calavera se desplomó frente a él, y del fondo del claro, entre la maleza, apareció otro hombrecillo, al parecer, mucho más viejo, encorvado, con rasgos muy punzantes y arrugados, y un tono de piel algo morado. Él, junto a los otros dos hombrecitos lo miraron fijamente.
“Te propongo un trato”, Dijo con una voz aguda y desgastada, “Y por qué debería aceptar” le espetó Cristian, “Quieres salir de aquí no?”, “Te escucho”, dijo Cristian ya más calmado. “Jugaremos una partida de ajedrez, escucha las condiciones con atención porque no las volveré a repetir, la partida será normal, no puedes hacer trampa, si no pierdes de inmediato. Si ganas, eres libre de irte junto a tu mujer, si pierdes, pasarás el resto de tus días como duende, hasta que le ganes a otro humano en el ajedrez en una noche como esta, o hasta que mueras”, profirió el Duende con un brillo espectral en sus ojos. “Acepto”.
La música seguía sonando, sacando a Evey de sus cabales, de pronto todo quedó en silencio. Sintió como algo lamía su oreja, se dio vuelta de golpe, y no vio nada, luego le tiraron el pelo por el costado, miró y nada, sintió una respiración jadeante en su hombro, hasta que algo la empujó al suelo, la canción Bad Moon Rising volvió a sonar, esta vez rápido, y cada vez más rápido, el volumen iba subiendo de a poco, hasta hacerse ensordecedor, podía sentir como fuerzas invisibles le pellizcaban las piernas, y risitas casi inaudibles en sus oídos, a causa de la música country, la canción seguía sonando, volvió a ser empujada contra el suelo, haciendo que Evey perdiera el control sobre sí misma. Gritando desaforadamente, agitando los brazos hacia todos lados, corrió en dirección hasta internarse en la siembra, sus gritos eran desquiciados y sus ojos estaban casi fuera de sus cuencas. Podía sentir como su mente colapsaba y se trisaba, corrió y corrió internándose por el maíz. Sus ideas de a poco se esclarecían, pero la ira no se apaciguaba. Tropezó y cayó dentro de un claro, en el cual podía ver un duendecillo frente a una tabla de ajedrez, al costado de él un cuchillo, y sin pensarlo dos veces, corrió hacia el trozo de metal y lo hundió con rabia, ira y desesperación en aquel cuerpecito, mientras el duende apenas reaccionaba y abría sus ojos con sorpresa e incredulidad. Primero clavó varias veces el cuchillo en su torso, unas cuantas mas, para luego gritar desesperada y maldecir sin si quiera mirar sonde apuntaba. El cuerpo al finalizar el pequeño cuerpo estaba casi cubierto de heridas, Evey secó su sudor con el dorso de su mano, histérica y temblorosa, sorprendida de lo que había hecho, y derrepente, el cuerpo empezó a adquirir otra forma, empezó a crecer paulatinamente y sus rasgos fueron cambiando, hasta adquirir la forma de Cristian. Evey se quedó paralizada viendo la imagen, con los ojos desorbitados y sin respirar, pasaron unos minutos hasta que empezó a moverse sin proferir sonido alguno, aun con la mirada perdida y sus ojos sobresalientes. Se internó una vez más en la cosecha, y a pocos pasos salió hacia la carretera, cubierta de sangre. Miró sus manos, sus ojos se llenaron de lágrimas, y entonces profirió un grito lleno de tristeza, lamento, terror y locura. Corrió como loca por la carretera, sin sentido, de pronto por una curva, distinguió unas luces abalanzándose hacia ella, la bocina de un auto, la sensación de un choque, y luego, solo oscuridad.
Al pasar de los días, Evey fue internada en un hospital siquiátrico, acusada de la desaparición y el asesinato de todos sus amigos y su novio, diagnosticada de insanidad mental, por su insistencia en ver duendes por todos lados y su conducta irracional y violenta.
Su madre entró a visitarla en su cuarto, mientras Evey estaba bajo los efectos de los sedantes, esta, hablaba al aire con toda naturalidad. “Con quien hablas mi amor?”, preguntó su madre llena de amor, ternura y lástima. Evey sonrió con los parpados caídos y respondió con toda tranquilidad “Con mis amigos los duendes, mamá”.

FIN

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